Apagón: la historia de un país que volvió a hablar
Todo se apagó un lunes. No fue un chispazo ni una tormenta que se anunciara con furia. Simplemente, se fue la luz. Primero parpadearon las lámparas, luego los semáforos se rindieron al silencio. Y de pronto, España entera, con sus ciudades, pueblos, casas, hospitales y plazas, quedó sumida en una oscuridad densa y real a plena luz de mediodía. Eran las 12:33 del 28 de abril de 2025. Al principio fue confusión. “Pensé que era solo en mi casa”; “me asomé al pasillo, y todo estaba a oscuras”; “qué mal rollo, puede ser un ataque cibernético”, decían los vecinos, esos con los que nunca habíamos hablado. La gente salía a los balcones, a las calles. Algunos miraban el cielo, otros encendían velas y susurraban teorías. La radio fue lo único que nos quedó. Conductores la llevaban a tope, tratando de informar a quien estuviera cerca. Los afortunados que guardaban, como herencia y relicario, un transistor a pilas, se unían en grupos o se asomaban en terrazas, respondían preguntas y dejaban que se les acercasen. Un gesto de solidaridad.
Millones de personas se quedaron sin luz. Semáforos inservibles, ascensores atascados, móviles sin red, trenes y metros parados y el silencio incómodo, de no saber absolutamente nada. Con el tiempo detenido, comenzaron a pasar cosas que no ocurren en el ritmo normal del mundo. En Madrid, una mujer falleció al incendiarse su piso por una vela encendida. En Galicia, un matrimonio y su hijo murieron asfixiados por el monóxido de carbono de un generador. Tragedias que duelen y que quedaron fuera de los virales, perdidas en la maraña de titulares. A veces titulares radiales que sólo confundían más a la población. De un momento a otro parecía que todos querían comunicarse con ese familiar que no llamaron ayer o, que simplemente no tenían en la cabeza antes de saber que no podían contactarles ahora. Aquella carretera que ese conductor recorre diez veces por semana, era más peligrosa de lo habitual. Estar en comunidad se volvía esencial: salir al patio, tomar el sol o caminar por las mismas calles de siempre pero, esta vez, se sentía diferente. Había un silencio que te obligaba a escuchar.
Alguien sacó una bocina portátil y empezó la música. Los niños, despojados del TikTok y del WiFi, salieron a correr, a jugar al fútbol o montar bici. Salieron a inventarse un mundo sin pantallas. Adultos que no se conocían se ofrecían velas, se contaban historias, se preguntaban de verdad: ¿cómo estás? Alguien dijo que se sentía “en una película de otro tiempo”, mientras que una mujer mayor le respondía: “me siento extrañamente bien. Estamos todos igual: vulnerables, pero juntos”. Volaron helicópteros sobre Málaga, sobre Barcelona, sobre Madrid. En la Costa del Sol, algunos pensaban que se trataba de la búsqueda de un fugitivo. Por la tarde se pronunció Pedro Sánchez. Sin respuestas, pero ofreciendo la seguridad de que el suministro regresará. “Una larga noche nos espera” dice el presidente en mitad de su comparecencia. ¿Qué nos espera?, ¿estamos preparados como país para enfrentar aquello que la noche sin luna del 29 de abril nos deparaba? Nadie sabía nada con certeza y eso, lejos de paralizar, nos empujó a hablar, a bailar, a vivir el apagón como si fuera el último respiro de una era que se nos escapa entre pantallas y notificaciones. Sánchez tenia razón: no estábamos listos. No estábamos listos para vernos nuevamente.
El paseo marítimo o ese parque al que nunca se tuvo tiempo de ir, se vieron más tentadores. Pasear la mascota o desempolvar esa bici del trastero se convierte en una posibilidad, ¿habíamos olvidado que podíamos tener una vida sin luz y sin móvil? Más tarde, España empezaba a iluminarse y los aplausos inundaban las calles, las plazas y los parques. El desasosiego se esfumaba a la velocidad con que la luz llegaba a cada hogar. Las luces regresaron como si nada, con ese zumbido frío de lo inevitable. Volvimos al móvil, al correo, al “¿me oyes?”, como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó. Porque, por unas horas, todos compartimos la misma duda, el mismo pensamiento, la misma palabra que formó parte de nuestro lunes. "Luz”, que en su ausencia física, ocupó nuestras mentes y por un momento fuimos eso. Fuimos luz, fuimos más humanos. Más cercanos, más reales. Tal vez no haya que esperar a otro apagón para recordarlo.