IDEAS

¿Qué es la maldad? Así definen nuestras sombras el daño a los demás

La inconsciencia de tus actos no te exime de la responsabilidad de asumir sus consecuencias

La maldad es compleja, y ha sido analizada durante toda la existencia del ser humano. Las personas legas en la psicología humana tienden a ver el mundo de forma dicotómica, donde el malo es malo y el bueno es bueno, sin considerar lo complejo que es el asunto y todos los matices que tiene. La maldad, sin duda, se trata de un espectro. En realidad, se configura en torno a un sistema de graduación —de menos a más malvado— que se basa en el daño que se inflige a una víctima al priorizar y anteponer los deseos propios. Para considerar esta teoría y sustentar nuestro concepto es importante que hablemos de la coraza. Los seres humanos, por nuestra naturaleza intrínseca, poseemos unas carencias. Es decir, imperfecciones de nuestro ser por hechos sufridos en el pasado o por origen puramente genético. Estas carencias necesitan ser cubiertas por una coraza: el mecanismo de defensa psicológico para poder interactuar con el mundo.

No obstante, hay distintos tipos de coraza. Si ponemos como ejemplo a una persona con una carencia evidente de baja o nula autoestima, surgirán dos tipos. Por un lado, la no dañina, cuya carencia sería recubierta y la persona terminaría siendo insegura. Y, por otro lado, la dañina, en la que la persona terminaría siendo narcisista. Ambas son dos caras de la misma moneda, pues poseen la misma carencia, pero varía el mecanismo de defensa que se proyecta ante el mundo. El inseguro puede buscar evitar las interacciones sociales, los juicios del resto o acabar aislado para evitar los juicios sociales. En cambio, la persona narcisista se esconde tras la coraza, actuando como controlador para ser el centro de atención y brindar validez a su realidad ficticia. Por eso es dañino. Aun así, el proceso que sigue un narcisista para suplir su carencia puede llegar a ser intencional o no. El narcisista del tipo “espinas” es el que actúa de forma inconsciente y de la única forma que conoce, proyectando una nula empatía. En cambio, el narcisista tipo “cuchillo” entiende a la perfección que hace daño a los demás.

La inconsciencia de tus actos no te exime de la responsabilidad de sus consecuencias

Hacer daño de manera inconsciente sigue siendo culpa tuya. Es tu responsabilidad comprender los sentimientos y emociones de los demás. Si realizas un acto con buena intención y no percibes su impacto negativo, sigue siendo de alguna forma un acto malvado. Sin embargo, hay ciertos matices a tener en cuenta. Lo cierto es que puede ser producto de una empatía poca desarrollada por factores genéticos o el entorno en el que esa persona vivió. En el caso de los psicópatas se aprecia claramente cómo no necesariamente cometen maldades conscientemente, sino que son incapaces de percibir el daño que provocan. Y esto no les exime de responsabilidad.

¿Y qué ocurre si no has hecho nada malvado y a la otra persona le has causado daño?

Esto suele ocurrir cuando hay una alteración en la percepción de su realidad. Cuando existen enfermedades o trastornos, como bien podría ser una celotipia extrema (trastorno delirante de celos). La persona siente angustia si su pareja sale de casa porque cree, sin base real, que la engañará. El sufrimiento, entonces, es tan solo causado por una percepción distorsionada de la realidad. El dolor que siente no convierte en malvado a quien la persona considera que lo causa. Este matiz, por otro lado, puede ser controvertido. Para nada sirve como justificación para culpar a la víctima de “exageración” y así invalidar lo que siente.

Radicalización y sesgos

Tener una ideología extrema o una fe religiosa que es también llevada al extremo genera sesgos perjudiciales que distorsionan también la percepción de la realidad. Esto lleva a muchas personas a tomar decisiones crueles pensando que están haciendo lo correcto. El proceso de radicalización es similar al del enamoramiento. En su ideología la persona visualiza algo perfecto, ignora sus defectos y refuerza su visión a través de un sesgo de confirmación. Además, si tiene habilidades manipuladoras, moldeará su discurso para proyectar la idea de que tiene la verdad absoluta.

Toda radicalización comienza con una verdad atractiva que envuelve progresivamente a la persona en una red de mentiras, mientras sigue aferrándose a la idea inicial que la cautivó. Esto se ve en líderes sectarios que justifican atrocidades en nombre de un supuesto bien mayor, yihadistas que cometen actos terroristas convencidos de que cumplen la voluntad de su dios o un discurso político en el que un bando se presenta como el bueno y el contrario es demonizado.


Ihab Oubella es estudiante de Psicología en la Universitat Oberta de Catalunya