El precio oculto del Mundial
Los conflictos que se esconden detrás de esta competición
Hace 96 años empezó el torneo futbolístico más importante del mundo, el Mundial de Fútbol de la FIFA. En él, durante los años, hemos podido ver polémicas y controversias que hacían reflexionar a muchos, consiguiendo que se replanteara su devenir. Entonces, ¿por qué este año no se denuncian, lo suficiente, las injusticias del certamen?
Con el paso del tiempo, hemos podido observar competiciones muy criticadas; como el Mundial de 1934 en Italia por la manipulación del torneo por el régimen fascista, en 1978 en Argentina por el boicot internacional debido a la dictadura militar organizadora o en 2022 en Qatar, el ejemplo más reciente, criticado por presuntos sobornos, abusos laborales a migrantes, falta de derechos LGBTQ+ y su inédito cambio de fechas al fin de año. Dichos problemas fueron criticados a nivel internacional, con la intención de concienciar a los futboleros sobre la verdad de su amada competición.
Este año el Mundial se celebra en Estados Unidos, Canadá y México; su inicio se celebró hace unas semanas y en tan poco tiempo hemos podido observar desigualdades que nos hacen reflexionar sobre nuestro avance como sociedad. Empezando por Gianni Infantino, presidente de la FIFA, el cual decidió entregar a Donald Trump un premio denominado “Premio de la Paz de la FIFA”, argumentando que el presidente de los Estados Unidos había llevado a cabo acciones excepcionales y extraordinarias para promover la paz y la unidad en el mundo; aunque a estas alturas sabemos que ordenó múltiples ataques militares, acabando con la vida de 3.000 personas aproximadamente, o promovió el ICE (agencia federal de seguridad nacional encargada de identificar, detener y deportar a ciudadanos extranjeros de manera violenta y armada).
En los últimos años, hemos observado cómo los movimientos racistas han invadido las opiniones de la sociedad, en especial en la de los jóvenes. Este certamen no iba a ser menos, haciendo depender los derechos humanos al origen étnico. Tras los conflictos del país estadounidense con Irán, Trump prohibió a la selección iraní hospedarse en el país; a pesar que todos sus partidos se jueguen en él. Los jugadores tienen que abandonarlo justo después del final de cada partido, dejando claro que la FIFA tampoco está velando por la igualdad de condiciones.
Aunque el fútbol se presenta como un deporte que une y no rechaza a nadie, este año se ha podido observar la hipocresía escondida detrás de cada partido. Numerosos casos lo ejemplifican; la selección senegalesa fue tratada como un grupo de criminales tras aterrizar en Estados Unidos, sin dejarles acceder al aeropuerto y teniendo que esperar, bajo el sol, controles de cuerpo entero uno a uno. El equipo de Uzbekistán vivió algo parecido; la selección al aterrizar para jugar un amistoso en Nueva York, se enfrentó a controles con detectores de metales y perros. También tenemos casos aislados, como el delantero de Irak, Aymen Hussein; fue detenido e interrogado por horas, al aterrizar, con el objetivo de deportar y vetar la entrada al jugador.
Las desigualdades no sólo afectan a los jugadores, sino al grupo técnico y a las familias de los integrantes de las selecciones. Omar Artán, árbitro enviado por la Selección Africana de Fútbol como mejor réferi del continente, fue interrogado durante 11 horas al llegar a Estados Unidos aún teniendo toda la documentación en regla; se le denegó la entrada al país por ser de Somalia. Canadá envió un comunicado comentando que es bienvenido para arbitrar en el país, pero Artán ya estaba de vuelta asu país de origen. Tristemente, familiares de algunos jugadores han vivido consecuencias parecidas; Josimar José Évora Dias (Vozinha), portero de Cabo Verde, no puede disfrutar la experiencia con su madre por el precio elevado del visado y los obstáculos que impone EE. UU ante la entrada de extranjeros.
A lo mejor la cuestión no es, únicamente, que ocurre dentro del Mundial, sino qué dice de nosotros la manera en que reaccionamos ante desigualdades de esta magnitud. Durante años, este deporte ha sido presentado como un lenguaje universal, uniendo culturas y derribando fronteras. No obstante, cuando aceptamos que algunos individuos sean tratados de manera diversa por su origen o su nacionalidad, estos valores se convierten en simples palabras. El conflicto no es solo que se den ciertas situaciones, sino que, la mayoría de veces, pasan desapercibidas entre la emoción del torneo y el espectáculo.
Tal vez el verdadero avance como sociedad no se mide por los goles que celebramos, sino por nuestra capacidad para cuestionar las injusticias que decidimos ignorar. Si el deporte más seguido del mundo no es capaz de asegurar la igualdad para sus protagonistas, es inevitable preguntarse cuánto nos queda aún por recorrer fuera del campo.