El contraplano

Entre unos y otros, la corrupción sigue sin barrerse

Pedro Sánchez, presidente del gobierno, y Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular. Foto: Javier Lizón (EFE)
Mientras tanto, los ciudadanos se habitúan a esta reprochable práctica, incorporandola en su vida

España es uno de esos países acostumbrados a convivir con el enemigo en casa: la corrupción. Hemos hecho una constante de nuestra agenda política el desprestigio de las instituciones. Las reformas se sustituyen por la malversación; el progreso, por el retroceso; la admiración hacia los líderes políticos, por la desconfianza que hoy generan.

Sin embargo, pocas veces nos hemos planteado cuál es el origen de esta escandalosa situación. Siempre apuntamos a la honestidad de los políticos y no tanto al sistema en el que funcionan. Asimismo, este fenómeno también está presente en quien paga la reforma del baño en B o construye una piscina de la misma forma. Si  en un barrio robar no está mal visto, quienes lleguen a ese barrio acabarán haciendo lo mismo. 

Y este barrio se llama Estado y los vecinos que se integran son los políticos. La política es esa lucha por el poder que provoca que quienes confrontan por alcanzarlo o mantenerlo sean capaces de aprobar la reforma y la contrarreforma con tal de conseguirlo. Confrontan en televisión, pero nunca fueron tan distintos. Confrontan, pero si tienen que repartirse los jueces están de acuerdo. Confrontan, pero si tienen que cambiar un artículo de la Constitución en una noche sí estarán de acuerdo. Confrontan para cualquier tema que no sea repartirse su parte del pastel. 

Mírenlos. No son tan dispares. Ni a izquierda, ni a derecha, ni en medio, ni en sus extremos. Los que hoy dan lecciones hace unos años eran aleccionados y viceversa. O, peor incluso, aquellos que reparten carnets de honestidad son los más aleccionados. No obstante, ¿quién va a combatir estos vicios del sistema? ¿Los nuevos diputados jóvenes que aparecen para frenar la corrupción? Si su sueldo depende de los corruptos, de acatar, de obedecer y de no denunciar. Combatirla desde el sistema es como querer erradicar la ludopatía dentro de un salón de juegos. Entonces, ¿quién puede fulminar las corruptelas? ¿Un nuevo partido independiente de los que hay? Podemos observar que, a pesar de la llegada de nuevos partidos, la fiesta no se acaba.

Por tanto, solo el pueblo puede exigir y combatir esta lacra. El pueblo salva al pueblo no es solo un conjunto de palabras que solo cobran sentido cuando se convierten en acción. Solo nosotros podemos demandar que con nuestros impuestos se invierta en sanidad, educación o empleo y no en chiringuitos políticos ni en prostitutas. Pero si es el pueblo quien carece de coraje para protestar, quien se habitúa a la corrupción para practicarla y quien se desentiende de lo que ocurre con el dinero de sus impuestos, poco cambiará. Por ello, entre unos y otros, seguimos dejando la casa sin barrer.