Orgullo más allá de una estrella

Selección Española - RTVE
Antes de levantar la copa, ya habían conseguido algo mucho más difícil: hacernos sentir orgullosos de ellos

Pasarán las semanas, los meses, los años… y no podremos olvidar el Mundial de 2026. No solo por encontrarle compañía a esa estrella que Iniesta terminó de poner con su gol —o, mejor dicho, el gol de todos—, sino también por el orgullo que sentimos de que sean ellos quienes la han conseguido. No hablo de los jugadores. Hablo de las personas. 

El lunes 25 de mayo empezaba el sueño, y lo hacía de la mano de quienes mantienen este país: los trabajadores. Desde ese momento supimos que no se había anunciado una lista de 26 jugadores; aquello parecía más bien una extensa mesa para una comida familiar de Navidad. Fue entonces cuando se empezó a sentir una unión que solo habíamos visto en los equipos campeones. 

Este viaje comenzaba con dudas tras el empate a cero ante Cabo Verde. Dudas para periodistas y aficionados, porque ellos tenían la confianza de llegar hasta el final del torneo. Y así fue. Con el paso de los partidos y los goles, esas dudas iban disipándose hasta que el zurdazo de Ferrán terminó por acabar con todas.  

Ese orgullo del que hablo no lo construyeron sobre el césped, sino fuera de él, allí donde realmente se conoce cómo son, más allá de todo lo que son capaces de hacer con un balón. Lo vimos en cada rueda de prensa de Unai, cuando nos hacía ver que teníamos a los 26 mejores jugadores del mundo. Rodri nos transmitía esa misma seguridad y confianza que sentimos cuando tiene el balón. Luis de la Fuente los defendía con la misma firmeza y cariño con los que un padre defiende a sus hijos. 

El orgullo también lo sentimos en los hechos. En la mirada de Rodri hacia Trump, tratando de evitar que su ego arruinara una fotografía que pasará a la historia de nuestro país. En Baena, que tuvo muy presente a la pequeña María durante todo el campeonato. En todos esos gestos que nos recuerdan la importancia de quienes no saltan al campo, pero también forman parte de esta selección. Como Borja Iglesias, quien se ha ganado el cariño de todos nosotros. 

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero en momentos como este también sirven para sacar pecho de los nuestros. Porque en la final no solo teníamos enfrente a Argentina: también tuvimos la oportunidad de ver cómo reaccionaban unos y otros cuando todo terminó. Nada más sonar el pitido final, algunos jugadores argentinos cargaron violentamente contra los nuestros. Después, cuando llegó el momento de levantar el trofeo, la mayoría dio la espalda a España. Solo uno de ellos miró de frente a los campeones. Aquel domingo, algunos jugadores argentinos nos dieron pocos motivos para admirar su comportamiento.

Y es precisamente por eso por lo que sacamos pecho. Porque tenemos la confianza de que, si el disparo de Ferrán hubiera encontrado otro destino lejos de la red y Argentina se hubiera llevado la final, los nuestros se habrían comportado de una manera muy diferente.

Antes del partido sabíamos que, cuando el árbitro pitara el final, estaríamos orgullosos. Tristes o contentos, pero orgullosos. Porque el orgullo ya estaba ahí antes de que el balón echara a rodar. Al acabar, sin embargo, pudimos añadir algo más: una estrella, un trofeo y una frase que todavía nos cuesta creer: ¡SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO!