OPINIÓN

La única violencia que en España llamamos "cultura"

Gema Igual, alcaldesa de Santander, en el Ruedo de Cuatro Caminos / Gema Igual
La tauromaquia es simple tortura convertida en espectáculo: un negocio público que normaliza la violencia y avergüenza a un país que dice ser civilizado

La tauromaquia se mantiene en nuestro país como un vestigio de otro tiempo, una reliquia que sobrevive más por intereses institucionales que por apoyo social. Resulta insostenible seguir defendiendo como “cultura” un espectáculo basado en la tortura pública de un animal, especialmente en un país que presume de modernidad, derechos y sensibilidad hacia el bienestar animal. La contradicción es tan evidente que ya no admite discusión: la tauromaquia no es tradición, es una clase de violencia normalizada.

Los defensores del toreo suelen recurrir al argumento de la identidad cultural, pero esa idea se derrumba en cuanto se observa la realidad. La mayoría de jóvenes rechaza frontalmente las corridas, las plazas se vacían y los ayuntamientos solo las mantienen gracias a subvenciones públicas que maquillan su declive, cuando un tipo de violencia jamás debería de estar financiada con arcas publicas. Si un espectáculo necesita dinero del contribuyente para no desaparecer, quizá la pregunta no sea si es tradición, sino por qué seguimos financiando algo que la sociedad ya no quiere. La respuesta es incómoda: la tauromaquia se sostiene por presión política y por un lobby que se resiste a perder privilegios.

Tampoco es cierto que el toro “nazca para esto”. Ese argumento, repetido hasta la saciedad, es una coartada moral para justificar lo injustificable. Ningún animal nace para ser perseguido, estresado, herido y ejecutado ante miles de personas que aplauden su agonía. La idea de que existe una muerte “digna” en la plaza es una ficción construida para suavizar la crudeza del espectáculo. La realidad es que la tauromaquia convierte el sufrimiento en entretenimiento, y eso, en pleno siglo XXI, es indefendible desde cualquier perspectiva ética.

La sociedad española ha cambiado, y con ella su sensibilidad. Hoy entendemos que la cultura no puede basarse en el dolor de un ser vivo, igual que entendemos que la tradición no justifica la barbarie. Mantener la tauromaquia es mantener una excepción moral que no encaja con los valores que decimos defender. Y si la cultura evoluciona, si la sociedad avanza, ¿por qué seguimos anclados a un espectáculo que solo genera división, rechazo y vergüenza internacional? ¿Acaso tenemos miedo a dejar al rey sin algo para ver en su tiempo libre, acaso el teatro no es algo lo suficientemente enriquecedor?

La tauromaquia no necesita más debates, necesita una decisión, dejar de dar vueltas en bucle. O seguimos mirando hacia otro lado, o asumimos que ha llegado el momento de cerrar una etapa que ya no representa a nadie salvo a quienes viven de ella. La cultura no muere cuando desaparece una práctica; muere cuando se protege lo indefendible por miedo a reconocer que hemos cambiado.