CRÓNICA

La emoción de una ciudad

Instantánea capturada en la manifestación del 5A / UNIVERSITAS
Una abuela abraza a su nieta. No están dentro de la manifestación, pero forman parte de ella. Desde la distancia, a pocos metros, se les saltan las lágrimas

Normalidad. Esa es la palabra que describe a la perfección cómo está el centro histórico de Málaga media hora antes del comienzo de la manifestación por la vivienda. Turistas por doquier, disfrutando de un sábado más. Al sol, y en persecución de la cantimplora o el paraguas naranja, siempre alzado para no perder de vista al guía. En la esquina del Echegaray aún permanecen los testigos de Jehová que, trajeados, ya a esta hora de la mañana están ofreciendo biblias gratis. Pero la normalidad se rompe al término de la calle Alcazabilla, cuando al fondo se deja ver todo un dispositivo policial perfectamente coordinado. ¿Qué está pasando?, se preguntan desconcertados unos ingleses. Al menos 25 agentes, con motos, patrullas y cinco furgones. Cruzar el dispositivo y subir los minúsculos escalones de la histórica plaza es trasladarse a otro mundo. Y no exagero. Se respira un aura distinto, algo que solo se puede respirar en ocasiones especiales. Recuerdo que la última vez que llegó a mis sentidos fue en el Parque del Oeste. Pero el sentimiento de vecindad se ve interrumpido por un grupo de turistas que, queriendo continuar con su monótono trayecto, intentan abandonar la plaza pisando uno de los carteles que van a ir encabezando la movilización. Se muestran atónitos ante las exigencias de respeto por parte de los vecinos. Se ve que no están acostumbrados a que alguien les llame la atención.

Al fin llegan mis compañeras, con las pilas cargadas y con ganas de hacer periodismo. Hay una cantidad desmesurada de fotógrafos, camarógrafos e incluso redactores que, aunque pretendan camuflarse para captar lo que no se dice a las cámaras, uno ya los tiene fichados. A otros no les importa: se lanzan con micrófono en mano a recoger las declaraciones de los portavoces del movimiento. También algún político se deja ver. Nunca fallan, siempre están ahí. A pesar de las pisadas, la cabecera toma partido y dos pancartas se extienden comenzando la movilización. La pasión de los asistentes se empieza a despertar entre consignas y megáfonos en mano. La música comienza a reproducirse y empieza la fiestaUn río de voces y pancartas: "Málaga no se vende". Es un clamor que se repite con frecuencia. Ya en centro histórico, los turistas continúan sin entender. Alguien, sin dirigirles la palabra, les acerca unos folletos informativos. Eso sí, en castellano. Algunos guiris aprovechan y sacan el traductor. Otros, sin embargo, intentan ignorar la marcha. Es imposible. Se tapan los oídos.

Nos acercamos a una vecina, con cámara en mano, y amablemente acepta hablar con nosotros. "La situación es insostenible", denuncia. Relata que ella tiene una suerte que no tienen todos: su casera no quiere subirle el alquiler. Es un caso raro, pues el precio medio para los malagueños está disparado. Cada vez crece más, y notablemente rápido. Ella está jubilada, pero no son solo personas mayores las que se ven afectadas. Niños, jóvenes, adultos y ancianos. Hasta cuatro generaciones comparten las calles. Una abuela abraza a su nieta, se miran con complicidad al frente de la manifestación. No están dentro, pero forman parte de ella. Desde la distancia, a pocos metros, se les saltan las lágrimas. Es la emoción de una ciudad. La marcha atraviesa la Alameda Principal, a pesar de las estructuras que entorpecen el paso. Nos subimos a ellas y hacemos unas fotos. Será la primera (y puede que la última) que lo hagamos, pues no nos podemos permitir pagar más de cien euros por una silla para ver la Semana Santa. Respecto al trayecto, en esta ocasión no nos íbamos a quedar en el centro. Salimos a los barrios. En el Parque de Huelin hay un faro. Batucada y manojos de llaves se escuchan incesablemente. Una imagen digna para la portada de esta pieza. Los vecinos rodean el emblemático espacio. De hecho, están subidos en él. La lectura de un manifiesto hace un silencio. El primero después de horas de ruido. Más que un manifiesto, un recordatorio. "Esto solo acaba de empezar"