Podredumbre institucional
Begoña, David Sánchez, Koldo, Nóos, Bárcenas, Gürtel, Pujol, Malaya, Roldán o Filesa. Son las muestras gratis de un mercado lleno de un producto estrella de la casa. Quizás, como diría Ángel Expósito, “se creen impunes”. Desde Esperanza Aguirre admitiendo que el Partido Popular jodió a la derecha hasta las filtraciones que demuestran que el Partido Socialista es de todo menos democrático de puertas para adentro. La democracia ha llegado hasta tal punto de podredumbre interna que a los ciudadanos nos cuesta fiarnos de nuestra propia sombra. Por su parte, la persona de a pie, no hace por mirar más allá de sus preocupaciones banales. La ataraxia que mencionaban los griegos se ha asentado en todas las mentes con un alquiler a largo plazo que acaba pagando el propietario.
Desde muy pequeños nos dan de mamar que la política es un catálogo de ladrones sin remedio. El que venga no cambiará nada y el que está lo acabará corrompiendo. Nos transmiten generación por generación la cultura del enchufismo, el amiguismo y la incompetencia. Los valores que se asientan como cimientos son los de la ignorancia, la pasividad y, no en pocas ocasiones, la mediocridad. Para muchos, la vida es solo un trámite de horas, minutos y segundos en el que la intriga por el conocimiento parece un animal mitológico. Entonces ahí surge la duda: ¿Se adapta el político al nivel del ciudadano o es al revés?
Recientemente pude testificar uno de los pensamientos que más me temía que fuesen ciertos: existe una amplía mayoría de estudiantes universitarios a los que el desinterés por cualquier tipo de materia relacionada con su futuro le es indiferente. La ignorancia, la dejadez y el desánimo por conocer predominan. No solamente la abulia por la cosa pública, que es preocupante en tiempos donde se pone en debate el adelantamiento de la edad para ejercer el derecho al sufragio, sino el hastío por todo lo que vaya más allá de un cigarrillo de liar.
Este no pretende ser un sermón de padre, pues siempre he estado muy a favor de la necesidad del ocio, de la libertad individual y toda la parafernalia que rodea al dichoso ‘carpe diem’. No obstante, no puedo evitar pensar en que se están perdiendo los oficios “de toda la vida” en beneficio de crear una generación preparada llena de abogados, médicos, ingenieros y periodistas para que estos la tomen con total normalidad y no como un privilegio.