Viejas costumbres
Es cuanto menos extraña la sensación de nostalgia por un tiempo pasado no vivido. Somos seres que, al compás de una serie de tópicos que no paran de recordarnos que vivimos en una cárcel temporal en la que todo tiempo pasado fue mejor, solemos revivir tendencias desfasadas. Contrarios a nuestra naturaleza del avance —la instantaneidad y el progreso tecnológico— preferimos, en ocasiones, frenar un segundo, dar un paso atrás en esta cuesta exponencial y contemplar lo que era habitual en generaciones pasadas. Lejos de ser una crítica, no es más que una alabanza a esta costumbre de volver sobre nuestras huellas para, con minuciosidad, dejar los errores y retomar los aciertos.
No son pocas las veces en que personas ajenas a mi generación me han narrado, rememorando con el entusiasmo del que cuenta una batalla, el mundo que se encontraba tras un pequeño aparato con antena, al que nos hemos acostumbrado a verlo tan solo en coches y encima de algún carcomido mueble. Los años dorados de la radio en los que a la gente, sin importar sus rutinas al día siguiente, quedaban expectantes durante la madrugada por escuchar con la cabeza apoyada en la almohada los míticos duelos entre García y de la Morena. Dos grandes que, en su momento, conseguían remover al país desde las ondas, capaces de llenar teatros enteros de jóvenes y tenerlos al día siguiente en los institutos o trabajos comentándolo. No seré yo quien busque los culpables de que esto cada vez sea menos recurrente. Tal vez sean los periodistas o quizá el falso rumor entre los entrevistados de que “todos los periodistas son unos pesados” y por ello no hacen declaraciones.
Quiero expresar mi absurdo deseo por una utopía en la que se vuelva a poner en valor aquellos pequeños detalles que hacen del periodismo algo más que un mero cúmulo de informaciones. Volver a la elegancia que otorga el lujo de oler y sentir esas finas páginas grises recién sacadas de un quiosco. Que al igual que los vinilos, los pantalones anchos y las canciones de Hombres G, pongan de moda —quien tenga que hacerlo— escuchar los seis pitidos de una hora en punto. Quiera Dios que sea este el primer paso para alimentar el sentimiento idealista de aquellos que, al igual que un servidor, ven la posibilidad de traer de vuelta este periodismo pasado, fomentar la calidad de nuestro presente —que existe— y tirar abajo la cortina de humo de las audiencias por los bufones del infoentretenimiento y los pseudomedios combativos. No es para menos, pues el periodista que pierde el idealismo muere, y se condena al limbo de la mecanización y la monotonía.