Móvil, luego existo

Los adictos estamos acostumbrados a sacarlo demasiado. Todavía no ha terminado el día y ya estoy pensando en encerrarlo en un cajón. Qué hartura.

Pues eso. Que uno acaba hasta el cuerno de que un mar de cabezas alcen los brazos con móvil en mano para grabar yo qué sé qué. Nosotros, los adictos, estamos acostumbrados a sacar el teléfono en demasiadas ocasiones. Hoy, para estrenar este espacio en el que me disfrutarán o sufrirán cada domingo, he revisado cuántas veces lo he consultado, y llevo 43. Todavía no ha terminado el día y ya estoy pensando en encerrarlo en un cajón. Qué hartura. Pero no les vengo a dar la tabarra con lo mío. Debo confesarles que hay una cosa que no me deja dormir, y es que tengo una profunda intriga por lo que sucederá con esa batería de vídeos y fotos de los zombificados cofrades que no sueltan el móvil ni para comer pipas a pie de Carretería ¿Harán un publirreportaje?, ¿lo guardarán en la nube año tras año? No les culpo porque todos tenemos conductas así, pero creo de obligado cumplimiento el tomar conciencia de que eso no está bien. Y no me tomen por detractor de las nuevas tecnologías, porque soy el primero en estar enganchado.

Sí, soy muy hipócrita. Primero porque mi media de tiempo en redes sociales de esta semana ha sido de 25 horas, y segundo porque les dije que no iba a hablar de mí. Lo cierto es que la sensación de falta de oxígeno que a veces todos hemos tenido no es buena señal. Algo no va bien, pero no es que no nos queramos dar cuenta. Somos conscientes y no hacemos más que verbalizarlo, pero sin tomar partido alguno. A principios de curso, una profesora contó un experimento en el que los alumnos de la carrera debían abandonar el teléfono por una semana. Tan solo una persona lo consiguió. Y normal, la dependencia es brutal en nuestro día a día. Pero voy a reducir el uso. Otro día les cuento.