Argentino, gracias a Dios

El papa, profundamente humano y eternamente argentino

No soy creyente. Nunca lo fui. Crecí con una iglesia evangélica a unos metros de distancia de mi casa, la mitad de mi familia es judía, y aún así, siempre sentí a la religión muy lejana y opuesta a mi identidad. Pero hoy, el mundo entero sufre la pérdida de una de las últimas voces públicas más importantes de la historia actual que todavía velaba por el pueblo en su totalidad. Hoy, se fue uno de los nuestros.

En un presente tan hostil, contaminado por el odio y la violencia, la partida de una de las figuras con más poder e influencia mundial, justamente caracterizada por su humildad y humanidad, es muy peligrosa. No se dejen engañar: Argentina no es negacionismo ni antipatriotismo, ni ninguna de las tantas horribles imágenes que nos está dejando el gobierno de turno. Argentina es el papa y el papa, gracias a Dios, es Argentina. Nacido en una familia de clase media baja en un barrio de Buenos Aires, hincha de San Lorenzo e hijo de la educación pública, nunca olvidó sus raíces y siempre pidió por el amor, la unión, la justicia y la paz ¿Qué hay más argentino que eso?

Pidió perdón en nombre de la Iglesia por los crímenes cometidos a los pueblos originarios de América, trató de "infiltrados" a aquellos miembros de la institución que rechazaron a los homosexuales, condenó reiteradas veces el genocidio en Gaza, repudió la represión policial en su patria y así podría seguir hasta mañana. A Jorge Mario Bergoglio, que desde el 13 de marzo de 2013 y hasta hoy se aseguró de velar por el pueblo y la comunidad por encima de la individualidad: gracias. Como dijo Isabel Allende: "La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo".