Una dulzura que amargue

En un tiempo que confunde firmeza con aspereza y autoridad con ruido, reivindicar la dulzura no es un gesto naive, sino una forma incómoda de cuestionar cómo nos relacionamos, cómo discutimos y, sobre todo, cómo ejercemos el poder
a1dca208-3dd1-429a-abc6-9e9464837189_16-9-discover-aspect-ratio_default_0
Sara Torres, autora de "El pensamiento erótico" / eldiario.es

Sara Torres ha presentado su ensayo El pensamiento erótico en Córdoba y, entre los muchos temas que atravesaron la conversación —que prefiero no desvelar para no arruinar la curiosidad de quienes puedan asistir a próximas fechas— emergió uno especialmente revelador por su aparente discreción: la dulzura entendida como carencia

No como una cualidad ni como una práctica deliberada, sino como un déficit. Como si la suavidad implicara falta de firmeza, como si cuidar el tono fuera siempre una renuncia y no una forma de sostener el pensamiento. Esa sospecha, tan extendida como poco cuestionada, dice menos de la dulzura en sí que del marco desde el que aprendemos a leerla. 

Hay algo profundamente exigente en la dulzura. Exige atención, tiempo y escucha. Exige una forma de presencia que no pasa por dominar al otro, sino por reconocerlo. Y eso, en un contexto donde la autoridad se mide muchas veces por la capacidad de imponerse, resulta incómodo. Quizá por eso se desactiva, porque no encaja. 

No es, en realidad, una intuición nueva en su reciente obra. En Lo que hay, Torres ya exploraba esa forma de estar en el mundo que no pasa por la imposición ni por el gesto grandilocuente, sino por una atención radical a lo que existe, a lo cercano y a lo frágil. Allí, como en este ensayo, la dulzura no aparece como debilidad, sino como una disposición exigente: una manera de mirar y de relacionarse que rehúye la violencia sin por ello volverse ingenua. Quizá por eso incomoda, porque desborda las categorías habituales con las que medimos la autoridad y nos obliga a preguntarnos si no hemos confundido, durante demasiado tiempo, la firmeza con la dureza

Si desplazamos esta idea al terreno político, la incomodidad se vuelve aún más evidente. Vivimos en una cultura pública donde la autoridad se escenifica a través de la confrontación: debates convertidos en combates, liderazgos que se legitiman en la capacidad de imponerse y discursos que privilegian el impacto sobre la escucha. En ese contexto, la dulzura no solo parece inútil: parece imposible. 

Pero tal vez esa imposibilidad sea precisamente el síntoma. La política contemporánea ha reducido el desacuerdo a espectáculo, y en ese proceso ha ido estrechando también las formas legítimas de ejercer el poder. ¿Qué lugar queda para una autoridad que no se base en la humillación del adversario, en la simplificación agresiva o en la lógica del “ganar” a toda costa? ¿Qué ocurre cuando alguien introduce matices, cuida el lenguaje o se niega a convertir la diferencia en un campo de batalla? 

No se trata de idealizar la dulzura ni de convertirla en una solución mágica. Tampoco de negar el conflicto, que es constitutivo de lo político. Se trata, más bien, de preguntarse qué formas de relación estamos descartando cuando identificamos sistemáticamente la firmeza con la dureza. Porque esa asociación no solo empobrece el debate público: también moldea nuestras prácticas cotidianas, desde los espacios de trabajo hasta la vida afectiva. 

Reivindicar la dulzura no es hacer apología de la blandura. Es cuestionar un modelo de poder que solo se reconoce a sí mismo en el gesto duro, en la voz alta y en la distancia. Es preguntarse qué otras formas de autoridad podrían existir si dejáramos de penalizar lo que no encaja en ese molde

Ahí radica su potencia: en su capacidad de abrir otros modos de relación allí donde solo parecía posible la dureza. Quizá la dulzura no es la ausencia de fuerza, sino una forma más difícil, y más radical, de ejercerla.