¡Ya basta!
Supongo que, como yo, muchos de vosotros tendréis la misma sensación: esa sensación rara que mezcla enfado, cansancio, impotencia y orgullo. La sensación de no querer seguir aplaudiendo esos discursos o mensajes que piden que no se especule con la vivienda, que no es un negocio y que cada familia debería poder acceder a una. Y, lo raro, es que son discursos para aplaudir. Porque llevan razón. Porque son necesarios. Pero la realidad es otra: estamos cansados. Cansados de que no se haga nada. Cansados de que, donde unos ven hogar, otros vean negocio.
Hay algo en este tema que no termino de entender. Lo vi ayer de cerca, en el estreno de la nueva serie documental de Carles Tamayo. Un inversor hablaba de comprar un edificio con determinadas “unidades” con el objetivo de ganar dinero a corto plazo. Y eso es lo que me hierve por dentro: que esas “unidades” son pisos, con familias dentro. No números, sino personas con recuerdos, rutinas y futuro ahí metidos. Lo triste es ver lo fácil y rentable que es, para quien no tiene ningún escrúpulo, comprar edificios con gente dentro viviendo de alquiler… y subirles el precio como si detrás no hubiera nada.
Ahora hay dos discursos. Por un lado los que le echan la culpa directamente a los que especulan con la vivienda. Por otro lado, los que ponen el foco en una ley que tiene algunos agujeros por donde se aprovechan los especuladores. No tengo claro si la culpa cae de un lado o de otro. Pero lo que sí tengo claro es quien la paga. La pagamos nosotros. Los ciudadanos. Los que hacen cuentas antes de comprar cualquier cosa. Los que miran el alquiler sabiendo que no pueden permitirse otra subida. Los que comparten piso con 30 años porque no hay otra opción. Las familias que ven cómo el futuro de sus hijos es cada vez más incierto. Al final ya no se trata de buscar culpables, sino de exigir soluciones. Y las queremos ya.