Cinismo y sumisión

Los conservadores se sienten huérfanos frente a una mesa sin platos de buen gusto
Santiago Abascal, en una imagen de archivo / EFE
Santiago Abascal, en una imagen de archivo / EFE

“Me arroja a ver el mundo, y me lo encuentro furibundo. Si quiero ir a la moda, necesito una pistola”. Escasas veces durante los últimos años se han visto tan reflejadas en el panorama estas sabias letras de un poeta de Plasencia. Nos intentan vender que la paz está llegando de la mano de una serie de mesías pudientes cuyo aprecio por la vida de sus queridos plebeyos es inexistente. Se aprecia el narcisismo cínico de un paseador de obedientes perros apellidado Trump, cuyos secuaces obedecen, alaban y repiten sus mantras como si el efecto de estos fuese a ser el mismo para ellos que para el remitente. Hablamos de una persona que se vendía —y fue vendido— como el exportador libre de aranceles de la paz y el amor. El que iba a tardar dos días en acabar con la guerra no reflejó en el contrato el alto precio de este trámite. A fin de cuentas, la guerra desde hace más de un siglo es un conflicto de viejos, disputado por jóvenes en el que siempre gana Estados Unidos. Todo esto, al compás del apoyo incondicional por parte de un rebaño dirigido por un cincuentón rico y guay con comportamientos infantiles, que reventaría de pensar que no va a ser el foco de atención durante una semana por haber dicho o hecho la mayor barrabasada que se le ha pasado por la mente. Por otro lado, desde España no somos capaces de analizar en primera persona un bombardeo de sandeces que nos llueven sin cese alguno.

En un punto del cuadrilátero, hay un duende verde que en la intimidad y en el fetiche usará pelucas rubias para tapar la vergüenza que se debe sentir haber sido el férreo defensor de los agricultores, el liberalismo económico y la soberanía nacional, y ser en la actualidad un títere simplón que se excusa en el “ellos lo hacen por su bien, nosotros haríamos lo mismo”. Caería en el asombro al descubrir que sus votantes no son de Seattle, Miami o Massachusetts; sino de Cuenca, Badajoz o Almería, donde sí viven del sector primario. Lo que se vendió como un partido que defendía los derechos y libertades de los españoles y en su momento cosechó de la noche a la mañana un quince por ciento de los votos y poco más de cincuenta escaños del parlamento, ha desbocado en un grupo de desorientados sin personalidad ninguna, sin autocrítica — enormemente escasa por lo general en las cortes — con creencias incondicionales, sin un proyecto que se mantenga en pie y sin un líder con la más mínima formación, más allá de las intervenciones que le escribirán los de su gabinete para después, cómodamente, lanzar vídeos de quince segundos y recibir enérgicos halagos de “Mr. Liberal”. Si Sánchez lo hace todo mal, vamos con ello. Si Netanyahu, Trump, Elon Musk o Milei cometen una aberración, ese día habrá que hablar del tiempo.