Lo de siempre
— “Sales a echarte un…”
Suena el chisquero, se prende la llama, es el primero y ves cómo brilla la punta humeante, cantan los gorriones, suenan los coches, rompen las olas. En tu mente retumban las palabras: “Niño, esto no se te ocurra nunca, ¿eh?”; “Muy bien que haces”; “Es una droga”. Al fin y al cabo, sólo es el primero ¿no? Un olor suave y amargo acaricia tus labios que se mueven al compás de las anécdotas, carcajadas, discusiones y charlas interminables. Cuando estás con amigos, con familia, cuando estás con tus hijos y cuando estás solo. Después de desayunar, después de almorzar y después de cenar. En una fiesta o en un entierro —aunque el muerto no esté por lo mismo—. Nadie sabe ni cómo ni por qué, pero siempre antoja uno. Se acabó el viajar, el correr, el nadar, el disfrutar sin él. Controla el tiempo y el espacio, maneja tu mente y tus placeres. Te vuelves algo menos que un esclavo en propiedad de sus impulsos. Tus horizontes se acortan a la velocidad de una llama. Se adueña como si nada de tu olor, de tu sabor, de tus ganas de vivir: de tu forma de vivir.
Se consume la mecha, ya solo te ven mirando hacia abajo, hasta con lástima: “Hay que ver, si no hubiera…”. Un pitido intermitente atornilla tus oídos y solo notas una fría mano en tus palmas. No reconoces su olor porque, recuerda, te lo han arrebatado. Finalmente, se apaga la mecha. Ya no cantan los gorriones, no suena un coche ni rompen las olas. Se desploma la colilla en un cenicero a reventar de las cenizas de otros que, como el tuyo, se han prendido, se han consumido y, por fin se han apagado, pero lo han hecho siempre atrapados en los dos mismos dedos.
—“¿Sales a…?”
—“No, ya no salgo”.