Habemus corruptionem
¡Habemus papam! El cardenal Robert Francis Prevost ha sido nombrado pontífice de la Iglesia católica retomando el nombre de León XIV, desde este medio le felicitamos por ganar unas elecciones por mayoría absoluta sin vender su alma al diablo. Al mismo tiempo, nadie ha escuchado al cardenal Tagle decir que no ha ganado porque no ha querido. Parece que hayan pasado siglos, pero antes del fallecimiento de Francisco —que en paz descanse— España observaba fijamente al caos que hay en la política nacional como el que ve arder la casa del vecino.
Un corrupto sin escrúpulos llamado Ábalos, comparable con una caja de Pandora, sigue mostrando sus vicios y afanes repugnantes por momentos y dignos de un personaje de Torrente que, a día de hoy, sigue cobrando su sueldo como diputado en la Cámara Baja. Parece que regalando puestos de trabajo, sueldos, casas y mucho amor para las “sobrinas” de turno se llega a ministro. Junto con sus grandes amigos Koldo García —su chófer, escolta y asesor, quien tuviera unos amigos tan dispuestos— y Víctor de Aldama, formaban un grupo únicamente separable por unas declaraciones en un juzgado.
Por no hablar de un presidentísimo, que no tendrá ningún presupuestísimo pactado ni ningún planísimo de rearme que contente a todos sus socios, pero sí tiene a un hermanísimo investigado —a este sí que le han atribuido el sufijo—, a una esposa investigada, un centenar de puertas giratorias incompetentes y un equipo ministerial que cada semana saca un nuevo capítulo de una historia infumable que Tezanos y su CIS siempre van a querer alargar.
El poder corrompe —si no es a uno, es a los de su alrededor—. Y esto no es más que una enésima demostración de que en España se ha vuelto un deporte nacional. No se trata de una cuestión de polarización, se trata de un sistema partidista putrefacto que desde hace generaciones se perpetúa por herencia.