Hay que limpiar los espacios públicos
La Semana Santa, más allá de mi agnosticismo, constituye un evento social que rompe las barreras de la religión. Yo mismo, sin ser cristiano ni devoto, me emociono al ver a los sagrados titulares pasar con el mismo entusiasmo que un Domingo de Ramos en la Pollinica. De aquellos en los que hará unos diez años disfrutaba con mi abuela. Lo cierto es que, te apasione o lo abomines, es patrimonio. Y el patrimonio es de todos, al igual que las ciudades. Por eso observo con estupor que el ayuntamiento de mi ciudad se haya apurado tanto en 'limpiar' un semáforo de la Alameda Principal, antes incluso de devolver a los ciudadanos una cruz vandalizada por unos turistas. Uno puede no creer en nada y, aún así, sentir que una ciudad le pertenece. Porque el arraigo no entiende ni de doctrinas ni de papeles. Hay calles, plazas y esquinas que se meten dentro de ti sin pedir permiso. Eso debería ser lo verdaderamente sagrado.
No era cualquier semáforo. Era un semáforo de los malagueños, que por primera vez en mucho tiempo habían sentido como propio un elemento público de una ciudad en la que cada vez se sienten más extranjeros. No sé qué tipo de daño pueden causar unas estampitas, pero estoy seguro de que la retirada no se hubiera producido si las imágenes se hubieran pegado en la Cruz Verde o La Palmilla. El disfrute de lo público parece que asusta en la Casona del Parque. Pegaremos estampitas en el consistorio a ver si, por primera vez en democracia, alguien se atreve a limpiarlo de piltrafas y sinvergüenzas.