Orgullo
Siendo ésta la enésima tribuna de opinión sobre el mismo tema a lo largo de junio, no me causa ningún rubor escribirla porque sigue siendo necesario. Hemos progresado mucho y es indiscutible, pero nos siguen matando. Casi 300.000 personas sufrieron agresiones en España por su orientación sexual en los últimos cinco años, según una encuesta de 40db. Son las cifras de quienes lo sufren, quienes lo denuncian, quienes afortunadamente encuentran una voz —aunque no sea la suya— para denunciar el calvario que viven. Para denunciar que les han robado la infancia. A muchos les han robado la vida. Nos roban la vida, y eso nadie te lo devuelve.
El maricón, mariquita, bujarra, invertido, sarasa, sodomita, vicioso, degenerado, salido, pervertido, antinatural, depravado, pecador, pederasta, blandengue y anormal, soy yo. O eso dicen. Me lo decían por pasillos y en el patio del colegio. Aquellos niños de sexto de primaria rodearon por primera vez a un crío de poco más de siete años para increparle al grito de maricón, con la frialdad suficiente como para que el llanto de ese chiquillo —mi llanto— no les diera alguna pista de que se estaban pasando. Y así continuó hasta que lo denuncié. El diario El País supo poner nombre a lo que yo no supe durante toda mi vida cuando les mandé una carta que decía en su encabezado "Sin título". En la redacción entendieron que a las cosas había que llamarlas por su nombre y era momento de Dejar de sentirse culpable.
Desde entonces no dejo de pensar en cuántos niños, jóvenes, adultos y ancianos se siguen sintiendo así: culpables. Ahora, en este mismo instante. Cuántos de ellos han tirado la toalla, cuántos se han quitado la vida y cuántos viven una vida de mentira para evitar que se la destruyan. Luz Sánchez-Mellado, en una entrevista que me hizo en La ventana, hablaba de generaciones sin armario. Ojalá el universo te escuche, querida. Todavía queda armario por desmontar y mucho odio que barrer. El Orgullo es más grande. Lo es tanto, que su odio no cabe en nuestras calles.