Yo te lo explico

La polla es la medida de todas las cosas, pero imagínese que decidiera callarse
'El cuerpo de Héctor' (1778, Jacques-Louis David, óleo sobre tela), en la colección del Museo Fabre de Montpellier
'El cuerpo de Héctor' (1778, Jacques-Louis David, óleo sobre tela), en la colección del Museo Fabre de Montpellier

Imagínese una polla hablando. Una polla con voz, y a veces con corbata. Póngale un tono paternalista y una camisa remangada, con una cuenta de X donde habla de la brecha salarial o por qué no hay que comerse "el cuento del feminismo". Imagínese que esa polla sabe de todo. No sabe de nada pero a usted trata de convencerle. No va a escuchar de esa polla un "no lo sé" porque el no saber está feminizado, claro. No duda, porque eso no es propio de hombres. No escucha, porque escuchar es callarse y eso tampoco es viril. Ya no manda fotos de su miembro, ahora lo pasea en conversaciones, pero se la saca con la misma intención: imponer, intimidar, demostrar que la tiene más grande, más leída. Le explica el feminismo a feministas —como lo que hago yo cuando les hablo de mansplaining—. Le explica el mundo a todo el que no se lo ha pedido.

Los hombres viven —vivimos— obsesionados con la polla. No con el tamaño, pues ese debate es una necedad. Es otro asunto más profundo. Es filosófico. Ontológico, incluso. La polla es la medida de todas las cosas. La polla es una brújula. Es un coach que te vende un curso. Pero imagínese que esta polla decidiera callarse. Si desapareciera del mapa nadie lloraría su ausencia. Habría un silencio incómodo, la ausencia de un ruido que al percatarnos nos daríamos cuenta de cuánto tiempo perdimos escuchando gilipolleces.