Un 'clásico' interminable

Las redes sociales, el amarillismo y los propios políticos están convirtiendo la política española en una rivalidad propia del clásico Barcelona-Real Madrid

Nos encontramos ante una especie de guerra fría en nuestro país, fruto de la desinformación y la libertad de publicar de todos los usuarios. Se ha generado un odio desproporcionado y radical hacia el bando contrario. Hablo de bandos, porque o eres de izquierdas o eres de derechas. En estos bandos, la narrativa de ambos son el discurso de odio, la difamación y la falsa libertad de expresión. Falsa porque algunos usan el término para atacar o decir tremendas sandeces para generar polémica. "Me llaman feminazi por reclamar mis derechos", “Vivimos en una dictadura”, “Me llamarán facha…”. Nadie impide opinar, pero cada uno es responsable de lo que dice, dónde, con qué intención y en qué situación. Si Roma Gallardo va a una manifestación feminista a cuestionar a las manifestantes, está yendo a provocar utilizando la libertad de expresión como argumento. No digo que esté bien o mal, pero resulta algo oportunista.

Pero el gran problema y detonante de toda esta historia es la desinformación. Realmente es un círculo vicioso en el que participan las redes sociales, los consumidores, las pocas ganas de informarse, los que se aprovechan de esto para desinformar y generar odio, y esos mismos consumidores que opinan sobre lo leído. En estos momentos, parece que se tiene más en cuenta a un tuitero cualquiera que a un periódico convencional. Hay más gente que conoce a UTBH (Un Tío Blanco Hetero) que a Carlos Herrera o a Iñaki Gabilondo.

Las redes sociales tienen algo mágico llamado algoritmo. El algoritmo se basa en rastrear las búsquedas y los contenidos favoritos del lector para mostrárselo en bucle y así darle una buena dosis de dopamina y garantizar su tiempo de visualización. El algoritmo es adictivo, y es lo que hace que nuestro tiempo de uso del teléfono móvil esté por encima de las 5 horas diarias. Este fenómeno se basa noticias resumidas en una frase llamativa y escrita en negrita, sin dejar clara la procedencia de dicha información. Dicha frase es suficiente para la mayoría de los consumidores para montarse su propia película y opinar en redes sin fundamento. Esa misma opinión la leerá otra persona y actuará de forma similar. Aquí radica todo el problema. A la gente le encanta opinar y atacar al del otro bando, como si de un Barcelona-Real Madrid se tratara. Se toman la política como un partido de fútbol interminable, en el que los ataques benefician al relato del bando que va por delante. Es decir, al favorito del público.

Al parecer, nuestros políticos han caído en todas estas tretas infantiles, basta con ver que el congreso de diputados se asemeja a una clase de "valores éticos" de secundaria. Cuando algún político se sube al atril, estamos más pendientes de la descalificación que le dice al otro en lugar de lo que se debate realmente. El cruce de palabras entre Sánchez y Feijoó en el congreso son comparables con las discusiones de Montoya y Manuel en La Isla de Las Tentaciones. A Rufián parece que le importa más hacer el chiste viral del día que responder a las preguntas que se le hacen. Alvise Pérez centra sus discursos en “todos son corruptos menos yo” y “Bukele es mi ídolo”. He de decir que hasta echo de menos las ruedas de prensa de Mariano Rajoy, al menos en su complejo discurso había siempre un fondo. 

Este tóxico y lamentable 'clásico'  parece no tener fin. La guerra en redes entre ignorantes está servida. En esta sociedad consumista en la que creemos que un usuario con banderitas está en posesión de la verdad es imposible avanzar. Mientras algunos aprovechan la situación, el resto está condenados a vivir la burbuja de la mentira disfrazada de verdad.