Influencia y legado de Mujica: lo que nos deja el gran presidente de un pequeño país
Casi 65 años tenía José Alberto Mujica cuando fue nombrado presidente de Uruguay y, aunque ya desde antes marcaba maneras y era de sobra conocido en Sudamérica, comenzó su influencia global. No se limitó a aquellos que admiraban su faceta como ideólogo izquierdista, sino a todos y cada uno de los políticos que han hablado de él como un admirable hombre sabio y de principios. Tal vez demasiado bienintencionado para el mundo en que nos encontramos.
Líder del Movimiento de Participación Popular, dentro de la coalición del Frente Amplio, su victoria presidencial en 2009 rompió definitivamente con la historia bipartidista de Uruguay, marcada por la alternancia entre el Partido Nacional y el Partido Colorado, formaciones tradicionales con casi dos siglos de historia. Comenzó una serie de profundos planes y reformas que, si bien fueron insuficientes para algunos en su coalición y demasiado para su oposición, dejaron un impacto significativo que marcaría las líneas de lo que hoy entendemos por socialismo democrático: legalización del matrimonio homosexual y del aborto, despenalización de la compraventa de cannabis, construcción de vivienda pública, expansión del sistema educativo y universitario, y aumentos progresivos del salario mínimo. Durante su tiempo en la presidencia (2010-2015), la tasa de paro llegó a mínimos históricos (6,5%) y redujo la tasa pobreza a menos del 12% de la población.
Las medidas de su mandato marcaron una nueva generación de políticas de izquierda, cuyas pretensiones son compartidas por muchos de sus compañeros de la izquierda hispanoamericana como pueden ser Gustavo Petro, presidente de Colombia; Gabriel Boric, presidente de Chile; o Lula da Silva, presidente de Brasil. Una izquierda que, si bien reformista, sigue comprometida con la mejora de las condiciones de vida de los sectores de la población más desfavorecidos. Algo que deja Mujica en su recuerdo es su buena relación con sus oponentes políticos. Al asumir la presidencia, Mujica prometió contar con la oposición y con los movimientos sociales para la puesta en marcha de sus reformas, asegurando que ese era un camino "más correcto que el del conflicto". En más de una ocasión, los pactos con formaciones opositoras salvaron muchas de sus propuestas, reprobadas por algunas facciones de su coalición.
También será recordado, entre otras tantas cosas, por su facilidad con la palabra. Él nos dijo cómo era un "viejo loco", porque era estoico en unos tiempos que no tocaba, o cómo él no era, como muchos le decían, un presidente pobre, sino que era sobrio y liviano de equipaje. Necesitaba de poco para vivir. En su último acto público, un mitin para la campaña presidencial de su compañero Yatmandú Orsi, donde avisaba de su empeorado estado de salud, mandaba un mensaje de calma por su parte, recordando que, aunque veía el final de su vida, se iba contento. Pues cuando sus brazos se fueran, habría miles de brazos sustituyéndole en la lucha.
Mujica deja de herencia la fe en que se puede conseguir otra política. Una política con valentía para luchar y con esperanza para conseguir. Una política que marque el mundo y haga creer al que no tiene motivos para hacerlo. Y ahora espero que te guardemos por mucho en nuestra memoria, pues no se irá en vano un hombre bueno.