El arte no debe arrodillarse a la polémica
Hay polémicas que dicen más de quienes las alimentan que de aquello que las provoca. La que ha rodeado al musical Godspell tras la visita del papa León XIV es una de ellas. Y conviene decirlo sin rodeos: la indignación que algunos sectores han intentado inflar no tiene nada que ver con la obra, sino con la vieja costumbre de convertir cualquier expresión artística en un examen de pureza religiosa.
Desde una mirada atea —donde la cultura no debe someterse a dogmas—, la polémica resulta incluso más llamativa. Godspell no es un ataque a la fe. No es una burla. No es una provocación. Es un musical que reinterpreta un relato conocido, como tantos otros, y lo hace desde la creatividad, la música y el lenguaje escénico. Nada más. Nada menos.
Una sociedad democrática no puede exigir que el arte se arrodille ante lo religioso. El teatro, la música y la literatura han dialogado con los mitos, los símbolos y las creencias desde que tenemos conocimiento de la historia. A veces los han celebrado, otras los han cuestionado, y otras simplemente los han reinterpretado. Esa es la función del arte.
Pretender que Godspell debe ajustarse a un canon doctrinal porque coincide en la agenda de la visita de un líder religioso es, sencillamente, absurdo. El arte no se aparta por protocolo. No se censura por susceptibilidad. No se modifica porque a alguien le incomode que un escenario no funcione como un altar.
Resulta evidente que la fortaleza de una idea no se mide por su capacidad de silenciar al arte, sino por su capacidad de convivir con él. Y si una obra como Godspell se percibe como una amenaza, entonces el debate no es cultural, sino emocional. Lo más curioso es que quienes critican el musical parecen temer que una obra teatral pueda “confundir” a los creyentes o “banalizar” un mensaje religioso. Pero si la fe necesita protección frente a un musical, quizá el problema no esté en el musical.
El verdadero problema no es con esta obra en concreto. El problema es la facilidad con la que ciertos sectores reaccionan ante cualquier representación artística que toque lo religioso sin reverencia absoluta. Como si la cultura tuviera que pedir permiso para existir. Como si el arte debiera justificarse ante la fe, y no al revés.