Última generación

Bienvenidos a la estafa simbólica

El caso Alaska nos deja un aprendizaje necesario: que una artista envejezca o cambie con el tiempo no es noticia; el problema es descubrir que, a veces, la rebeldía nunca fue tan política como muchos quisieron creer 
Alaska
Alaska en 2024. GTRES

Durante décadas, para muchos, Alaska siempre ha sido mucho más que una simple artista. Se trataba de un símbolo: una figura que encarnaba la libertad, la diferencia y la ruptura con una España conservadora que todavía arrastraba inercias del pasado. Su estética provocadora y su presencia constante en la cultura pop española la convirtieron en un icono de la modernidad y rebeldía para toda una generación. Precisamente por eso, sus recientes declaraciones contra los boicots y sus posicionamientos cercanos a ideas de derechas han provocado una decepción especialmente fuerte entre sus seguidores. 

La decepción no nace del hecho de que Alaska tenga opiniones políticas propias. La polémica surge de la contradicción que muchos perciben entre la imagen que la artista construyó durante décadas —ligada a colectivos marginados, las estéticas queer y discursos antisistema— y las ideas que hoy expresa públicamente. Para una gran parte de quienes veían en ella un símbolo de reivindicación y rebeldía cultural, resulta chocante verla posicionarse contra herramientas de presión social como los boicots o lanzar mensajes que parecen alinearse, cada vez más, con discursos conservadores. 

En realidad, esta situación revela algo mucho más profundo que el caso concreto de Alaska. Seamos conscientes: el paso del tiempo ha demostrado de sobra que la rebeldía estética o artística no siempre implica un compromiso político real. La industria cultural lleva años comercializando la idea de la disidencia, de lo alternativo o de la provocación. El objetivo es vender. Llevar cuero negro, maquillaje llamativo y desafiar normas culturales no convierte automáticamente a nadie en defensor de derechos sociales ni de libertades colectivas.

Tal vez la verdadera cuestión detrás de esta desilusión sea descubrir que parte de la cultura pop española convirtió la estética en sustituto de la ética. Y es ahí, querido lector, donde aparece la reflexión más importante de cara al próximo 17 de mayo: no votar por imagen, nostalgia o marketing cultural. Existen políticos que hablan constantemente de “libertad” mientras vacían esa palabra de cualquier contenido social. Defienden una libertad para consumir, opinar o provocar, pero no necesariamente para proteger derechos, igualdad o dignidad colectiva. 

Conviene recordar que la estética no sustituye al pensamiento crítico ni al análisis. Ni en la música, ni en la televisión, ni en la política. Tampoco en el día a día. Votar con cabeza significa preguntarse qué políticas defienden realmente los derechos y las libertades, qué intereses representan y qué consecuencias tienen sus discursos a la hora de trasladarlos a la realidad social. 

El caso Alaska nos deja un aprendizaje necesario: que una artista envejezca o cambie con el tiempo no es noticia; el problema es descubrir que, a veces, la rebeldía nunca fue tan política como muchos quisieron creer.