Filosofía

En defensa de los derechos y las responsabilidades democráticas

En una era digital saturada de información donde no se distingue entre lo real de lo generado por la IA, ser conscientes del poder político puede resultar catastrófico si no hay nada que te recuerde cuales son tus responsabilidades democráticas
Incendio del Reichstag, 1933 / Mono Print
Incendio del Reichstag, 1933 / Mono Print

No hay más que una historia: La historia del hombre. Todas las historias nacionales no son más que capítulos de la mayor.

—Rabindranath Tagore

La historia es testigo de las luchas, masacres y dolores que ha pasado el ser humano hasta llegar a este momento. Mucho dolor se esconde debajo del hormigón armado con el que hemos cimentado nuestras democracias liberales. Algo bueno, si me preguntan a mí, porque es precisamente la memoria de esas luchas lo que hace que valoremos con mayor perspectiva el mundo en el que vivimos. La democracia no es el mejor sistema de gobierno, y mucho menos el tipo de democracia que se ejerce en Europa donde la única participación política que ejerce el pueblo de manera directa es electoral cada cuatro años, sin embargo, es lo mejor que tenemos, es por ello que debemos cuidarlo y protegerlo con uñas y dientes. Y pese a lo que pueda parecer, esto no va solo dirigido a aquellos nostálgicos que defienden modos de vida anteriores a la transición, sino a todos aquellos que se les olvida como ejercer sus funciones de derecho.

La democracia es, en cierto modo, una manzana envenenada, pues trae consigo la politización del pueblo. Si es el pueblo el que tiene el poder político, eso significa que cualquier mínima capacidad de agencia a nivel social lo es también a nivel político. Esto resulta aún a día de hoy muy controversial, pero lo cierto es que, queramos o no, la música es política, la literatura es política, la televisión es política, la ciencia puede ser política, la economía es política, la prensa es política; por que todo lo que tiene impacto en la vida del ciudadano tiene también impacto en su toma de decisión.

Cuando se habla de física, nadie discute el efecto mariposa; cuando se habla de psicología, nadie discute el impacto que puede llegar a tener un pequeño cambio de variable en un grupo social con respecto a otro. Son márgenes de determinación asumibles, pero, entonces, ¿por qué cuesta tanto entender que el influencer al que ves en redes sociales, las canciones que escuchas, y los libros que lees tienen repercusión a la hora de votar? Y lo que es peor, ¿por qué hay personas famosas, reconocidas a nivel internacional, diciendo que son “apolíticos” cuando es mentira?

El tío Ben decía que “un gran poder, conlleva una gran responsabilidad” y esa responsabilidad pasa por ser consciente de que tener un altavoz social es tener también mayor poder político. Cuando se reúnen los miembros de los partidos y se van a los pueblos a hacer campaña y pegan carteles por las calles días antes de las elecciones, lo único que pretenden es influenciar en el pensamiento de la gente; hacerles llegar sus mensajes y luchas para influir políticamente. Pero para hacer eso no hay que ser político, basta con ser conocido. Es como una campaña de marketing cualquiera. Entonces, ¿qué motivos hay para creer que un influencer o un cantante no tiene capacidad de agencia política? Esa es la maldición de las democracias, que convierte las plazas de los pueblos en parlamentos, y es también su talón de Aquiles.

Aristóteles nos explica algo que a priori parece sencillo: el vicio de la democracia, es la demagogia. Cuando aparece un famoso por televisión diciendo “es que yo no hablo de política” cuando se le pregunta por temas como el genocidio palestino o sobre feminismo, o lo que es peor, cuando responde sin pensar la respuesta diciendo lo primero que se le pasa por la cabeza, no es consciente de que está haciendo un uso irresponsable sus derechos democráticos y de su la libertad de expresión. Aunque parezca algo lógico y predecible, puesto que ya lo advertía Aristóteles en el siglo IV antes de nuestra era, sigue siendo a día de hoy el principal problema de los sistemas democráticos.

En una era digital saturada de información donde existen plataformas digitales que dan cobertura a distintas fuentes sin distinguir las reales de las falsas o las que son directamente productos de la IA, ser conscientes del poder de agencia puede resultar catastrófico si no hay nada que te recuerde cuales son tus responsabilidades democráticas. 

Si no hay nada que impida que hagas un uso indebido de tu repercusión mediática, eso significa que el verdadero poder, el poder real, no lo tiene el más sabio ni el mejor político, sino aquel que mejor persuada; aquel que es consciente de su impacto y hace uso de su libertad de expresión sin la más mínima responsabilidad. Es así como las democracias decaen en demagogias, y es un riesgo real, pues ya podemos ver como desinformadores y auténticas hienas carroñeras del pseudoperiodismo campan a sus anchas y se llenan los bolsillos a costa de nuestra estabilidad social. Es un problema real que o se para ya o podría pasarle factura a nuestra democracia, y con esta, a nuestro mundo tal y como lo conocemos.