Identidad y desesperanza
No quiero entrar en esa sala. Atado de pies y manos, siento el deseo de libertad de un ave enjaulada. El traje me aprieta. Esos hombres me lo pusieron al entrar. Dijeron que era por seguridad, para evitar comportamientos violentos o disturbios. Eso solo hizo que las voces me atormentaran más y más, como si ellas también quisiesen escapar, temiendo por su vida. Conforme me acerco a la sala, pensar se me hace cada vez más difícil. Los susurros que escuchaba cuando entré al hospital se convirtieron en llantos, que desembocaron en gritos. Me perforaban la mente a cada segundo que pasaba. Solo quiero salir. Quiero olvidarme de todo esto, volver al campo con mi madre y sentir la brisa primaveral acariciar mis mejillas.
Fue mi propia madre la que mandó a aquel hospital donde ahora agonizaba. No me creyó cuando le conté sobre las caras en las paredes y los techos, ni sobre las voces que susurraban el viento y el maizal. No me creyó cuando le dije que la luna me cantaba hermosas poesías, ni tampoco cuando le hablé sobre los amigos que había encontrado en el techo de mi habitación. Un día, simplemente, esos hombres me llevaron a donde me encontraba ahora. Me sigo preguntando el porqué. Nunca le había mentido. Mentir no le gusta a Dios, me lo dijo ella. Ellos estaban allá. Aquellos fantasmas del maizal, aquella brisa cantarina. Me pregunto si me estarán esperando cuando vuelva a casa. El pasillo se me hace eterno. Los gritos cada vez me atormentan más. Quiero gritar, pero no puedo. Quiero temblar, pero me quiebro. Quiero romper a llorar en el suelo. Quiero ver a mama. A mis amigos.
No quiero estar aquí
La puerta se abrió. En la sala hay varios señores, completamente cubiertos en largos trajes. Ahora los gritos no vienen de mí. Son las paredes las que gritan, lloran, agonizan de dolor. Siento una punzada en el brazo, y de repente las voces pasan a un segundo plano. La luz me ciega. Uno de los hombres se acerca con un objeto en cada mano; uno parece un pequeño martillo, el otro, una gran aguja. Después de unos segundos, que parecieron horas, acercó este último a mi ojo izquierdo. Oh, Dios, tú que estás en el cielo, observándome, sácame de este lugar. Concédeme tu misericordia. No me dejes solo aquí. Quiero gritar, pero no puedo. Quiero temblar, pero me quiebro. Quiero romper a llorar en el suelo… Tres sonidos metálicos y estridentes fueron lo último que escuché antes de perder el conocimiento.
¿Qué es esta sala? ¿Dónde han ido aquellos señores? ¿Qué significa este silencio? Esas preguntas resonaban en mi cabeza mientras me intentaba incorporar y mirar hacia los lados. Estaba solo. La única camilla ocupada entre la docena que había en la sala era la mía. No escuchaba las voces. Por primera vez, desde que tengo memoria, experimente verdadero silencio. Lejos de alegrarme, sentí una sensación de soledad como ninguna otra. Habían abierto las puertas de mi jaula, pero en el horizonte se alzaba un mar eterno de melancolía.
Se abrió la puerta de mi habitación. Una señora me sirvió un plato desalmado de comida, y se fue sin mediar palabra. Siento que he comido mejor en algún lugar, hace tiempo. No consigo recordar nada, más allá de la sala donde me encontraba, las voces que antaño habitaban en mi podrida mente, el pasillo por donde por primera vez entré a este sitio, y el sonido de aquel martillo. Clack, clack, clack… Aquel ruido era lo que vivía en mi mente en el lugar de las voces. Mis amigos habían muerto, y siento que parte de mi se fue con ellos.
Ya no recuerdo cuanto tiempo he estado aquí. Todo se me hace repetitivo y oscuro. Lo único que interrumpe mi eterno silencio son los desgarradores gritos de lo que supongo son los pacientes de las habitaciones próximas. Siento que, en el indefinido tiempo que he pasado en esta endemoniada sala, un vacío creciente se ha apoderado de mi alma. Un gran agujero, consumiendo mis sueños de libertad, felicidad y amor. No puedo describir con palabras lo que siento, ya que nada siento. No puedo gritar por auxilio, no porque sea imposible tal acción, sino por pura y desgarradora desesperanza. He visto, desde la pequeña ventana de mi habitación, como se llevan a cientos de almas en pena. Casi todos vuelven, pero no son los mismos. Les arrancan el alma, la voluntad para vivir, para soñar, para existir. Lo se yo mejor que nadie, pues me encuentro carente de ser, entre paredes monótonas y silencio, deseando no haber nacido.
Después de una eternidad encerrado en este sitio, he aprendido. He conocido el miedo, la angustia, la desesperanza de mis compañeros… Y, por encima de todo, he conocido la apatía. Ya no como, no duermo, no sueño. Ahora soy eterna parte del lugar donde falleció mi alma. Día tras día, presencio como el desdichado destino que azoto mi historia se repite, una y otra vez. Tanto a ancianos como a niños, a todos les es arrebatada el alma. No aguanto esa escena. Intento gritar, advertirles del destino que les depara. Algunos parecen escucharme, pero de nada sirve. El llanto y el pánico de sus pupilas es remplazado por la nada, la carencia de estado, la misma apatía con la que me desperté en aquella clínica. No recuerdo nada anterior a ello, pero me aterra el pensar que antaño fui uno de esos niños, con sueños, aspiraciones, amigos… Al final, no importa. Lo único que quiero es descansar.
No puedo vivir con la desesperanza que presencio día a día, y, sobre todo, con el ruido de ese maldito martillo. Algunos, momentos antes de la muerte ultima de su ser, suplican el nombre de un tal Dios. Parece que les transmite esperanza, que creen que les puede ayudar. Pienso que si ese Dios existe, si realmente nos puede socorrer; o es incapaz de hacerlo, o es ignorante de lo que pasa entre estas cuatro paredes en las que ahora habito. Por favor, si existes, si me escuchas, ten piedad de nosotros. El martillo acabó con nuestra alma, la monotonía con nuestra esperanza, y el olvido con nuestro corazón. Por favor, ayúdenos. Por favor. Quiero gritar, pero no puedo. Quiero temblar, pero me quiebro. Quiero romper a llorar en el suelo…
Arturo Compagnucci Delgado es un estudiante que, a pesar de su corta edad, desde la Costa del Sol escribe, dibuja y explora el arte en cada línea y en cada pincelada