FILOSOFÍA

El miedo y los monstruos de ayer y de hoy

El miedo no solo nos advierte de un peligro, sino que nos interpela directamente y nos revela los límites de lo humano. Y es precisamente de más allá de esos límites de donde emergen los monstruos
Saturno devorando a su hijo / Francisco de Goya
Saturno devorando a su hijo / Francisco de Goya

En psicología, el miedo se define como una emoción natural que surge ante un peligro real o imaginario y se caracteriza por ser una sensación desagradable. Por lo general, casi todo el mundo estaría de acuerdo al afirmar que el miedo tiene una connotación negativa y que, si bien es necesario para la supervivencia y los procesos adaptativos, es deseable evitarlo. Las emociones tienen la capacidad de conectarnos de un modo único con el mundo que nos rodea. El amor, el dolor o el placer, nos acercan a las personas y son buenos indicadores de lo que nos hace bien o mal. Sin embargo, con el miedo pasa algo distinto. Todos los animales tienen la capacidad instintiva de sentir miedo y, de acuerdo con esto, podríamos decir perfectamente que a nivel relacional la función del miedo es alejarnos del peligro. Pero, ¿cómo se manifiesta esto en un ser cultural y con pensamiento simbólico?

En la actualidad, el ser humano no vive con el miedo de ser cazado por un depredador, sin embargo, sí que tiene otra clase de miedos que van más allá de lo estrictamente biológico. El filósofo y sociólogo alemán, Arnold Gehlen, plantea que el ser humano, dado su fragilidad biológica y la falta de instintos fijos, necesita de la cultura y las instituciones como “apoyo exterior” a modo de segunda naturaleza; una construida por y para el hombre. Teniendo esto en cuenta, podemos deducir que, si el ser humano habita una naturaleza cultural además de la naturaleza primera, tendrá entonces miedos distintos a los animales propios de esta segunda naturaleza; una forma de temer que va más allá de un peligro físico. Esto es fácil de comprobar. Cualquier persona ha experimentado en algún momento el miedo a quedarse sin dinero o a hablar en público. Sin embargo, dista mucho de otras formas de temer. El ser humano, precisamente por su capacidad de pensamiento simbólico, explora espacios que pueden resultar incómodos y que entran en tensión con lo conocido y lo desconocido. ¿Quién no ha sentido alguna vez el miedo a la muerte, al futuro o a la oscuridad? En cierto modo, cuando uno se asoma a un abismo, no importa tanto si el abismo es mental o físico. Igualmente, una sensación de vértigo recorre la espina dorsal hasta la médula mientras el miedo susurra al oído cantos de sirena. Vemos entonces claro que el miedo no tiene que ver tanto con lo físico como con lo desconocido. El miedo habita en los espacios límite que componen la realidad, en los limbos entre el ser y el no-ser, la creación y la destrucción, el principio y el final, lo real y lo soñado, el bien y el mal…

En la tradición cristiana el miedo y el mal es representado con lo diabólico y esta es una idea que se toma directamente de la concepción de los demonios o daimones del filósofo Plotino, que los presenta como unos seres capaces de atravesar la realidad; capaces de moverse entre la tierra, el infierno y el cielo —en este momento, el término daimon no poseía la connotación negativa que recibe hoy—. Estos entes son indiscutiblemente una herencia de la mitología griega, concretamente del dios Hermes, mensajero de los dioses y patrón de los viajeros y mercantes. A este tipo de seres se les conoce como psicopompos; seres con la capacidad de moverse entre lo conocido y lo desconocido; la física y la metafísica. Es curioso que posteriormente la figura de lo demoníaco terminara relacionándose con lo malo, lo negativo, el dolor y el miedo, porque nos habla directamente del funcionamiento de nuestra psique. El miedo no solo nos advierte de un peligro, sino que nos interpela directamente y nos revela los límites de lo humano. Y es precisamente de más allá de esos límites de donde emergen los monstruos.

Los monstruos no son más que la representación simbólica de un miedo que, por un momento, se manifiesta por completo ante el sujeto con todo su poder. Podemos encontrarlos en la cultura tibetana, griega, eslava, inca, maya, etc. Pero siempre se repiten. El más famoso de todos, o que nos resultará más cercano, es el Saturno de Goya —Cronos en la mitología griega—. El monstruo del tiempo que lo devora todo a su paso sin compasión. Que engendra y destruye lo engendrado. Inevitable, absoluto e imponente.

Pero, con el paso del tiempo, las culturas cambian, y con estas, sus miedos y sus monstruos. En el momento de la historia en que vivimos, estos mismos monstruos, que provenían de más allá de lo humano, han trascendido, cruzado el umbral y encarnado en forma de bestias que lo devoran todo a su paso. Hoy estos monstruos tienen forma propia en nuestro sistema cultural. Tomas Hobbes decía del estado:

«Este estado absolutista o Leviatán, mitad monstruo, mitad dios, es 'el dios mortal al que debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa» 

El sociólogo, Andrés Piqueras, nos dice sobre el capitalismo:

«La gran mutación del capitalismo tiene rasgos de monstruo»

 (La opción reformista).

Creo que a nadie le sorprendería descubrir que Netanyahu se presenta en las pesadillas de los niños palestinos o que solo una imagen de Trump y Epstein hace revolver el estómago de sus víctimas. Los monstruos han roto el puente y están entre nosotros, habitando el plano de lo inhumano. Un infierno que, por desgracia, cada vez está más cerca.