Trump First
El ciudadano digital estadounidense convive desde hace ya tiempo con los delirios inmersos en un presidente de nación que experimenta con la IA para perfilarse grandilocuente hacia el resto del mundo. Estas prácticas estéticas no vienen en vano, no nacieron anteayer.
El espectáculo, el culto infalible al líder o el señalamiento al disidente son convenciones comunicativas más que vistas como motores de la propaganda. Este es el contenido que hoy en día sigue empleando Donald Trump, pero hay algo distinto: el recipiente, la forma de transmisión.
En la era algorítmica, el medio es más directo, más rápido y más contagioso para incrustarnos ideas irrisorias e imágenes manipuladas. A propósito de ello, el uso de la IA para alimentar el mito mediático y la estratagema ideológica es la finalidad última de Donald Trump, mostrándose como un ser sobrehumano que representa la humanización del “bien”.
En consecuencia, sus movimientos en las redes sociales se dirigen a la ecuación de una doble fórmula propagandística: exponerse como jefe carismático y omnipotente, único poseedor de arreglar la decadencia mundial, a la vez que estructurar una realidad falsa al exterior para que no pueda perturbar el mundo imaginario de esta tendencia.
Desde publicar recreaciones vestido de santidad, pasando por el mofa a adversarios políticos, hasta ambientar la zona cero de Gaza en un complejo turístico de brillantez, muestra el infortunio que es Donald Trump, carente de institucionalidad y ética, cuya única facultad es su falta de humanidad ante la barbarie bélica de la cual es partícipe y, a la vez, se muestra salvador de la misma. ¿Existe mayor desvergüenza?
Los shows que origina Donald Trump visibilizan su vacío intelectual, su neurosis de poder y la falta de reflexión crítica que tuvieron millones de estadounidenses hace dos años al votar a este pretencioso.