Opinión

La victoria del relato

Si cada partido vive su propia verdad, la realidad acaba desapareciendo
Urnas
Colegio electoral / Universitas

En el fútbol el resultado es simple: gana quien marca más goles. En baloncesto, quien termina con más puntos. En tenis, quien alcanza antes los sets necesarios. En política, en cambio, nunca parece perder nadie. Existen resultados, sí. Los números están ahí y todos los ven. Pero en cuanto se cierran las urnas empieza otra competición: la de construir el relato. Porque aquí los resultados no se aceptan, se interpretan.

Supongo que, si votaste al PP en las elecciones andaluzas estarás contento por esos 53 escaños, aunque haya perdido la mayoría absoluta. Supongo también que, si te decantaste por el PSOE, pese a haber conseguido el peor resultado de su historia en Andalucía, encontrarás motivos para celebrar porque Juanma Moreno no podrá gobernar en solitario. Si apoyaste a VOX pensarás que, aunque haya conseguido 15 escaños, eres el ganador de las elecciones porque te necesitan para gobernar. Si confiaste en AA estarás eufórico por esos 8 escaños, aunque no te permiten formar gobierno. Y, si lo hiciste en Por Andalucía, estarás contento por no bajar de esos 5 escaños, aunque sea minimizar daños.

Entonces, ¿aquí nadie pierde? 

Quizá el problema no sea quién gana o quién pierde, sino que nadie parece dispuesto a reconocer la derrota. Desde el momento en que se conocen los resultados comienzan las ruedas de prensa cuidadosamente preparadas para que cada partido encuentre algo que celebrar. Después llegan las tertulias, donde lejos de buscar una lectura honesta o común de los resultados, cada uno se queda únicamente con aquello que más le interesa.

Ahí es donde debería aparecer el pensamiento crítico de cada ciudadano, ese que la polarización va borrando poco a poco. El que nos permite mirar unos resultados más allá de nuestras siglas, más allá del relato que intentan vendernos, y aceptarlos con honestidad, incluso cuando duelen.

Porque una democracia sana no necesita ciudadanos que celebren siempre las victorias de los suyos, sino ciudadanos capaces de reconocer cuándo su partido también ha perdido. El problema no está en que los partidos maquillen las derrotas; el problema es que nosotros queramos creerles. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de mirar la realidad con honestidad, los que realmente perdemos somos nosotros.