Empecemos a morirnos de amor
Resulta llamativo que, incluso en una sociedad cada vez más medicalizada, sigamos recurriendo a esa expresión para explicar determinadas muertes
Cuando Marjane Satrapi, autora de Persépolis, anunció la muerte de su marido, Mattias Ripa, escribió que había perdido al amor de su vida. Tras conocerse ahora su fallecimiento fueron personas cercanas quienes hablaron de una mujer consumida por la tristeza.
Nadie figura “la tristeza” en un certificado de defunción. Pero resulta llamativo que, incluso en una sociedad cada vez más medicalizada, sigamos recurriendo a esa expresión para explicar determinadas muertes.
"Morir de tristeza"
La frase parece pertenecer a otro tiempo. A una época de novelas románticas, cartas manuscritas y dramas decimonónicos. Sin embargo, sigue apareciendo con frecuencia cuando fallece una persona —la edad, a mi parecer, no viene a cuento— poco después de perder a su pareja o cuando alguien no consigue recuperarse emocionalmente de una ausencia decisiva.
Tal vez porque detrás de esa expresión hay una intuición que la ciencia lleva años explorando: el duelo no es únicamente un proceso psicológico. Existe una afección conocida como síndrome del corazón roto o miocardiopatía de Takotsubo, que puede desencadenarse tras episodios de estrés emocional extremo. La muerte de un ser querido figura entre los principales factores de riesgo. No es una metáfora. El sufrimiento emocional puede producir consecuencias físicas medibles. Aun así, no creo que realmente el interés de la historia de Satrapi esté en la medicina. Está en lo que revela sobre nuestra relación contemporánea con el dolor.
Vivimos en una sociedad obsesionada con la resiliencia. Se espera que las personas atraviesen las crisis, aprendan de ellas y regresen fortalecidas o, como mínimo, a la rutina del día a día. El duelo ha terminado incorporándose a esa lógica. Hablamos de “procesar”, “gestionar” y “superar” las pérdidas como si se tratara de etapas relativamente previsibles.
Se nos olvida que la existencia humana no entiende de orden. Lo impactante es que esta reflexión surge a propósito de una mujer que difícilmente encajaba en la imagen de alguien vulnerable. Satrapi construyó una trayectoria pública asociada a la independencia intelectual, la libertad personal y la resistencia frente a la adversidad. Sobrevivió al exilio, a la represión política y a las fracturas de la historia contemporánea iraní.
Sin embargo, ninguna de esas experiencias la protegía frente a una pérdida íntima. La paradoja de nuestro tiempo es que hablamos constantemente de bienestar emocional mientras disponemos de cada vez menos herramientas culturales para aceptar el sufrimiento. Sabemos explicar la ansiedad, el estrés o la depresión, pero nos cuesta reconocer que algunas pérdidas pueden alterar una vida durante años. No porque quienes las sufren sean más débiles, sino porque los vínculos importan.
La expresión “morir de tristeza” sigue teniendo fuerza. No hablamos de causas médicas. Simplemente convendría recordar que la vulnerabilidad es la condición indispensable del amor. Por muy modernos que nos pongamos, hay pérdidas capaces de desorganizar nuestra existencia entera.