Tribuna

Jóvenes irrespetuosos... "¡Viva Franco!"

"La juventud de hoy en día es irrespetuosa" asevera un señor que se despide con un respetuosísimo "viva Franco"
Un autobús de la EMT de Málaga, en una imagen de archivo / Juanma Ponferrada
Un autobús de la EMT de Málaga, en una imagen de archivo / Juanma Ponferrada

Ya no se respeta nada, se quejan dos señores mayores en un autobús. La conversación empezó cuando una señora, que se bajaría poco después, le cedió el asiento a uno de los dos. Cuentan que "la juventud", así en general, nunca se levanta para que se sienten personas mayores. "Hay alguno que es un sol, pero la mayoría...", apunta ella.

Todo el vehículo escucha en silencio su conversación. No es curiosidad, ni cotilleo. Es que es imposible no escucharla. Yo trato de no pensar en la paradoja que supone pedir respeto sin respetar ni al resto de personas que te acompañan en el viaje ni a un grupo poblacional al que tachan, generalizado, de "irrespetuoso". 

El diálogo se vuelve de mi interés cuando creo escuchar el apellido "Franco". No se refiere precisamente al delantero argentino del Real Madrid. Desde entonces, pongo la oreja. Resulta, pontifica uno de los señores, que los "jóvenes maleducados" son el resultado de "una rama" no exterminada por el franquismo. Los "vagos y maleantes", supongo. Habla, mucho, de "quemar" esa rama. Resuena en mi cabeza, mientras escribo estas palabras, que nos encontramos en la línea 17 de la EMT (Empresa Municipal de Transportes), la que se dirige hacia el Centro procedente de uno de los barrios más humildes de la ciudad, lleno de los "vagos y maleantes" de hoy —inmigrantes, gitanos y colectivos racializados varios—, La Palmilla.

Cuenta uno de ellos, que al parecer vende macetas por la calle, que un grupo de cuatro niños de 10-12 años, calcula, le paró un día y le dijo que "a dónde iba tan feo". Dice que les amenazó con responderles de un macetazo. Educación, ninguna en esta historia.

La conversación se iba caldeando. Uno buscaba dirigir el debate hacia la idea de que "antes había más respeto y autoridad". El otro parece evitar esa ruta. Está de acuerdo en lo de la falta de educación de los jóvenes, pero no con la politización de su contertulio.

El camino sigue y el momento de bajarse le llega a uno de ellos. Es el más malhumorado. El que minutos antes se había referido al dictador. Se despide con un orgulloso y altisonante "¡viva el que se murió!" deseando un buen día al resto del vehículo, que se quedará, por fin, en silencio.

Suena contradictorio gritar "viva" a un dictador fascista para concluir una conversación sobre el respeto. Sobre todo porque quien encumbra no respetó nunca la pluralidad ideológica, religiosa o idiomática de su país. Tampoco el derecho a vivir de quienes no pensaban como él. Ni de quienes lucharon en nombre de las libertades democráticas, que hoy le permiten decir lo que plazca. Respétenme, que yo no lo voy a hacer, jóvenes irrespetuosos.