En busca de la verdad perdida
Desde hace un par de semanas, con la noticia de una muerte por Hantavirus en un crucero que tenía como destino Europa, llegaron los bulos a las redes sociales, los montajes con inteligencia artificial y por supuesto las comparaciones con el Covid-19. Creo que podremos estar todos de acuerdo con que resulta casi inevitable el recuerdo traumático de las muertes, el confinamiento y el caos de la pandemia del 2020 cuando se habla de un virus, sin embargo, e independientemente de cómo termine esta historia, nada justifica la clase de bulos y mentiras que han llenado los medios de comunicación estas últimas semanas.
Quizás lo único que resulta más alarmante que cualquier posibilidad de una pandemia es la pasividad de la gente y del sistema ante tal escaparate de desinformación. Desde el Covid, nos hemos acostumbrado a los conspiranoicos, los montajes y ahora a la IA y se ha normalizado desde el sistema como si fuera algo asumible dentro de una democracia con derecho a la información. Auténticos mercenarios de la mentira y la calumnia campan a sus anchas sin que nadie haga nada amparados en un uso más que cuestionable de la libertad de expresión. Ante una situación así cabe preguntarse: ¿cuánto se valora la verdad en la actualidad?
La forma en que el ser humano se relaciona con el mundo que le rodea ha ido cambiando a lo largo de la historia, por lo que tal vez volver la mirada al pasado nos acerque al punto de inflexión; al momento en que se difuminó por completo la delgada línea que separaba lo real de lo ficticio.
La verdad y el conocimiento es uno de los temas clásicos de la filosofía. Platón entendía el conocimiento de lo verdadero como el resultado de un camino de aprendizaje en el que aquel que persigue la verdad se involucra prácticamente a nivel espiritual con el fin de liberarse de las cadenas de la ignorancia tendiendo así un puente desde el aprendizaje hacia la trascendencia.
Para Platón —previamente parménides y las tradiciones rituales órficas y apolíneas— este acercamiento es espiritual y metafísico. Para conocer, debemos estar dispuestos a correr riesgos y a veces sacrificios, es aquello de que a veces la verdad duele, una idea que vemos en los rituales griegos, en el sufismo o en la tradición cristiana. La idea de que el ejercicio de conocer requiere de esfuerzo y asumir ciertos riesgos. Así fue durante toda la edad antigua y la edad media. Sin embargo, con la llegada de la modernidad se produce un cambio de paradigma. Pasamos de entender el conocimiento como un ejercicio activo a entenderlo como el resultado del análisis cognitivo de sensaciones y percepciones. Un conocimiento pasivo. Este cambio es producto de una concepción mecanicista del cuerpo y el ser humano, que vemos reflejada en la ciencia, en la psicología y la epistemología del momento. Las teorías empiristas resultan muy ilustrativas para comprender este modo de entender el conocimiento. Para los empiristas, el ser humano llega al mundo con la mente en blanco, como una “tabula rasa” y desde el momento en que empieza a recibir sensaciones y a percibir el mundo va viéndose progresivamente condicionado por sus vivencias, de modo que el aprendizaje no es más que el resultado de la acumulación de experiencias, y el conocimiento, la relación entre estas.
Si bien no me atrevería a decir que las ciencias empíricas conciben el conocimiento como algo pasivo, y menos sabiendo de la envergadura de las investigaciones que se desarrollan, los años de dedicación y esfuerzo que requieren dichas investigaciones y las constantes luchas que se llevan a cabo por presupuestos, financiación o contra las instituciones conservadoras, sí creo que a nivel social vivimos en un mundo heredero de la idea de que el conocimiento y la verdad son relativos. La forma de comprobarlo es simple. Todos nos hemos topado con comentarios en las redes sociales de internautas que cuestionan y llevan la contraria a expertos en su propio tema, cuando no son directamente perfiles dedicados única y exclusivamente a “desmentir” a historiadores, médicos, psiquiatras, físicos, para contarte “lo que no quieren que sepas”.
Cuando se desdibujan los límites de lo real, cuando los monstruos traspasan las fronteras, cuando no somos capaces de distinguir las luces de las sombras, ¿qué nos queda? En un mundo tensionado por el radicalismo de verdades incompletas, amparados en la hipocresía de una falsa conciencia y cegados por la ideología, perder la fe en la verdad es soltar por completo el timón y correr el riesgo de que nos pase como al héroe Ulises, que no solo perdió el rumbo a Ítaca, sino que también se perdió a sí mismo por el camino.